jueves, 24 de noviembre de 2011

Cómo afrontar el temor a envejecer

Con el envejecimiento experimentamos una serie de cambios y tomamos conciencia del paso del tiempo. Evolucionar con el paso de los años y adaptarse a las diferentes etapas es fundamental para aprender a envejecer. Veamos cuáles son los temores más frecuentes ante este hecho y la importancia de nuestra actitud para afrontar el paso de los años.

1. ¿Qué es el envejecimiento? 

El envejecimiento es un proceso en el que se producen una serie de cambios desde el punto de vista biológico, social y psicológico
En este proceso, que comienza a partir de los treinta años aproximadamente, se va reduciendo la capacidad de las funciones biológicas y fisiológicas y empezamos a notar, los primeros cambios físicos.

Es un hecho que no podemos evitar, pero sí podemos atenuar alguno de los efectos que ocasiona en nuestro organismo. El ejercicio físico, la alimentación, unas condiciones medioambientales favorables y evitar las drogas, el tabaco y el exceso de alcohol son factores que retrasan los efectos del envejecimiento.

De igual forma, una vida intelectualmente activa en la que existan hábitos de lectura, se ejercite la memoria, se tenga amigos con los que conversar y se realicen diferentes actividades, favorece la lucidez y agilidad mental, tan mermada en algunas personas cuando llegan a la vejez.

Todo esto pone de manifiesto que de alguna manera se puede influir en el proceso de envejecimiento y que no todas las personas envejecen de la misma forma ni les afecta a todos por igual.


2.  El temor a envejecer 


A partir de la madurez se empieza a tomar conciencia del paso del tiempo. Reflexionamos sobre nuestra vida y hacemos balance sobre ella. Pensamos en el pasado lamentándonos por no haber podido alcanzar las metas propuestas y pensamos en el futuro, imaginándonos con las facultades mermadas y un aspecto físico deteriorado.

Tememos a la enfermedad, a la falta de autonomía y a la dependencia que podamos llegar a tener de otros y, por supuesto, a la soledad y a la muerte. En definitiva, es el temor a envejecer.

El temor a la soledad, a quedarse solo porque los hijos se han ido del hogar o por haber enviudado, es una de las grandes preocupaciones de las personas cuando se aproximan a la vejez. Plantearse la vida de forma distinta a lo acostumbrado e imaginársela con achaques y limitaciones físicas, además de la incertidumbre de lo que el futuro nos deparará, es uno de los mayores temores de todo ser humano.

A partir de la madurez, surge también el temor a la muerte. El paso del tiempo nos enseña que somos mortales y que el final de nuestra vida es ineludible. En esta etapa, ya hemos experimentado el dolor de la pérdida de algún ser querido y hemos sufrido con la muerte de personas cercanas a nosotros. Ahora aprendemos que no son otros los únicos que mueren y empezamos a ver la muerte cercana, como algo que tarde o temprano nos ocurrirá a nosotros.

 3. Evolucionar con el paso del tiempo 


Es alrededor de los cuarenta años, lo que llamamos edad intermedia, cuando se supone que se ha alcanzado la madurez personal y se ha logrado una estabilidad social y profesional. Sin embargo, es en esta etapa en la que muchas personas sienten una gran insatisfacción, surge lo que llamamos "la crisis de los cuarenta".

Las personas a pesar de haber logrado una estabilidad en su vida, añoran la etapa de la juventud, exenta de responsabilidades y con todo un futuro por realizar.

En el fondo de esta crisis subyace un problema de adaptación al hecho de envejecer. Algunas personas llegan a obsesionarse por su aspecto físico, tratando de disimular las marcas del paso del tiempo. Por eso no es de extrañar que existan personas que acudan reiteradamente a la cirugía estética o que tengan una forma de vestir excesivamente jovial y unas conductas que no corresponden con su edad.

Saber evolucionar y adaptarse al paso del tiempo es fundamental para poder enfrentar el futuro y disfrutar de cada etapa de la vida. No debemos aferrarnos de forma exagerada al pasado, sino que debemos dar paso a la nueva etapa que se aproxime y aprender a disfrutar de ella aprovechando la experiencia y sabiduría que sólo da el paso de los años.

Por otro lado, hemos de tener en cuenta que nuestra forma de pensar y de ver las cosas varía con la edad; estamos en continuo cambio. Por lo tanto, estancarnos y no aceptar el paso del tiempo es un error que sólo conduce a problemas personales y de madurez.


 4. Actitudes positivas para afrontar la vejez 


Para hacer frente al envejecimiento es necesario mantener una actitud positiva. Veamos a continuación algunas de esas actitudes:

- Saber que con el transcurso de los años se gana en sabiduría, experiencia y en perspectiva sobre la propia vida.

- Tener en cuenta que una de las ventajas que trae consigo el envejecimiento es el equilibrio personal. Aprendemos a aceptarnos tal y como somos, ya no nos importa nuestras carencias y hemos aprendido a querernos y valorarnos más con el paso de los años.

- La madurez supone para muchas mujeres una liberación. El tener los hijos mayores les permite disponer de tiempo libre para sus aficiones o realizar el trabajo fuera del hogar, sin la presión que les suponía dejar a los niños en casa cuando ellas iban a trabajar.

- La jubilación se puede plantear como el comienzo de otra etapa, en la que hay que disfrutar de la vida y del tiempo libre. Para ello es muy recomendable: viajar, desarrollar aficiones y disfrutar de los amigos y de los nietos.

- Son muchas las parejas que cuando llegan a la vejez vuelven a sentirse muy unidos. Han sobrevivido a las dificultades de toda una vida juntos y han logrado mantenerse unidos pese a todas las dificultades. Sienten una gran satisfacción sobre su matrimonio y desean una vejez juntos, compartiendo amigos y recuerdos. Son parejas que han sabido envejecer. 


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miércoles, 23 de noviembre de 2011

Adelgaza con tu cabeza

Lo difícil, a veces, no es sólo adelgazar sino mantener el peso que se ha perdido y no volver a recuperarlo. No debemos confiar en las dietas milagrosas que hacen perder peso en poco tiempo y que fuerzan el metabolismo. Perder peso con eficacia sólo depende de ti, de tu voluntad y de tu constancia.

1. Adelgaza sin necesidad de dietas 
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Para adelgazar no es necesario hacer régimen ni dejar de comer, sino comer de todo con moderación y no llevar una vida demasiado sedentaria. No debemos excluir de nuestra alimentación ningún alimento, pues todos los nutrientes tienen funciones específicas e insustituibles. Lo importante es tener una alimentación equilibrada y hacer que nuestro cuerpo gaste más energía.

El sobrepeso normalmente se debe a que comemos más de lo que nuestro organismo necesita, a una vida sedentaria y una alimentación inadecuada. No se trata de hacer dietas que nos hagan pasar hambre o privarnos continuamente de alimentos que nos gusten, sino de saber comer con moderación, hacer un mínimo de ejercicio físico a la semana y corregir hábitos alimentarios inadecuados, controlando el tipo de alimentación y evitando comer por ansiedad o para tranquilizarnos.

Para adelgazar con eficacia es necesario planteárselo a largo plazo, de esta forma se lograrán mejores resultados y será más fácil mantener los kilos que se han conseguido reducir. Cuando una persona desea adelgazar, es fundamental estar totalmente convencido de que lo desea y tener una actitud positiva.


   2. Rechazo a las dietas yo-yo 


Las dietas drásticas que hacen perder peso en poco tiempo son peligrosas para el metabolismo y producen en quienes las realizan sensaciones de fracaso, frustración y ansiedad.

Son regímenes bajos en calorías que requieren un gran esfuerzo durante un periodo corto de tiempo, pero no son eficaces porque cuando se abandona la dieta se recupera rápidamente el peso perdido. Es lo que se conoce como efecto yo-yo.

Las dietas yo-yo producen fluctuaciones repetidas de peso. Una vez que se ha vuelto a recuperar lo que se había perdido, se vuelve a empezar con la dieta, hasta que quien la realiza se da por vencido por no lograr mantener el peso, sintiéndose culpable por ello.

Estas dietas producen una pérdida de la autoestima y pueden ocasiones depresiones y problemas de ansiedad.


  3. Adictos a la comida 


A veces tenemos el deseo de comer sin tener hambre. Nos creamos este hábito cuando estamos nerviosos, cuando sentimos ansiedad o incluso por aburrimiento. Convertimos la comida en nuestro refugio y acudimos a ella a la menor contrariedad, llegando incluso a crearnos cierta dependencia. Podemos decir que nos hacemos adictos a ella.

Una de las razones por las que comemos compulsivamente es por aburrimiento o por insatisfacción, al tener una vida vacía y sin motivaciones. Es una cuestión mental, nos creamos el hábito de comer como descarga de nuestras emociones e inconscientemente establecemos un vínculo entre la comida y las emociones.

Con esto, lo único que conseguimos es comer compulsivamente, sin horario y sin medida. Esto afectará a nuestra salud mental y física, pasando de la delgadez al sobrepeso en cortos periodos de tiempo. Se pierde la noción de "hambre" como necesidad física y se confunde con ganas de comer, ansiedad o hambre desproporcionada.

- Trata de salir de esta situación y no te refugies en la comida para aislarte de tus problemas.

- Intenta identificar qué situaciones son las que te producen esa ansiedad que intentas aliviar comiendo.

- Busca alguna alternativa que te permita superarla sin recurrir a la comida.


4. Cómo perder peso eficazmente 


Perder peso sólo depende de ti, no busques la solución en dietas milagrosas ni lo planifiques a corto plazo. Con moderación, paciencia y constancia lo lograrás. Veamos algunas sugerencias:

- Aprende a comer bien. Llevar una dieta equilibrada y tener buenos hábitos alimenticios es necesario para perder peso. Busca tiempo para cocinar y evita los precocinados y las llamadas comidas rápidas, suelen ser muy altas en grasas.

- No evites ninguna comida pensando que así reducirás peso, tan sólo conseguirás llegar a la mesa con tanta hambre que comerás más de lo habitual. Lo recomendable son tres comidas fuertes y a media mañana y a media tarde tomar un tentempié.

- Fíjate metas realistas y alcanzables. No te fijes metas en un periodo de tiempo corto que no puedas lograr, ni pretendas tener un peso por debajo de tu constitución, será imposible mantenerlo. Sé realista y piensa que no se puede ir "contra natura", no debes compararte con modelos de belleza que no sean alcanzables, acéptate y manténte delgada según tu constitución natural.

- Practica ejercicio físico. Practicar ejercicio de forma regular contribuye a quemar más calorías. El ejercicio ha de ser moderado (pasear, correr, montar en bicicleta, nadar, etc.) sin esfuerzos excesivos que nos deje totalmente agotados. No hay que preocuparse si al empezar a hacer ejercicio no se pierde peso. El motivo es que, aunque estamos perdiendo kilos de grasa, también estamos cogiendo músculo.

- Ten constancia. Para perder peso y mantenerlo es fundamental ser constantes. Debemos tener voluntad, ser autodisciplinados, saber decir "no" y estar convencidos de que eso es lo que se desea. Estar mentalmente convencido es necesario para lograrlo y superar cualquier esfuerzo.

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martes, 22 de noviembre de 2011

¿Cómo manejas tus finanzas en pareja?

No es fácil hablar de dinero con la pareja o el esposo, pero hay que hacerlo.
A la mujer no se le debe esconder las finanzas del hogar, tiene derecho a conocerlo y tomar parte de las decisiones de ello. Es importante que los dos tengan las cuentas claras, conocer las finanzas del hogar, cuánto dinero entra y sale y las prioridades que ambos tendrán a la hora de disponer del dinero.

Hablar de dinero no es un tema fácil, es más bien un tema escabroso en el que muy fácilmente se pueden malinterpretar las opiniones. Hablar de la cómo llevar las finanzas económicas de una pareja es difícil, y más aun cuando todavía se está en planes de casarse. Pero es un tema muy importante y necesario de tratar, preferiblemente durante la etapa de noviazgo.

El matrimonio es una parte muy importante de nuestra vida y nos casamos con la idea de estar juntos “hasta que la muerte nos separe”. Nos hacemos a la idea de compartirlo todo en matrimonio, pero el hombre tradicionalmente ha sido la mayor fuente de ingresos para el hogar, y así es como aún se desea que sea aunque muchos matrimonios se ven obligados a tener que trabajar los dos para poder afrontar los gastos que tienen.

Pero hoy día ocurre algo socialmente diferente, los matrimonios actúan como individuos independientes, como si realmente no todo tuviese que ser cosa de dos en conjunto. Es común escuchar decir frases que distinguen “mi dinero” de “tu dinero”, “mis compromisos y tus compromisos”… y muy difícilmente se pone en práctica “lo tuyo es mío y lo mío es tuyo”.

Hoy en día es muy común aconsejarle a la mujer que sea independiente, que trabaje para tener su propio dinero para así no depender de lo que le da su pareja (o debería darle). Pero llevar cuantas por separado no es la respuesta adecuada a la independencia. En muchos hogares se llevan las cosas a extremos drásticos, en los que la mujer gana y gasta su dinero sin contar con su pareja, ni siquiera para pedirle su opinión para alguna inversión o algún gasto extra aduciendo  a que “es mi dinero, por algo trabajo”.

No debiéramos tener miedo a hablar de dinero con la pareja. Es bueno hablarlo abierta y sinceramente; no es malo intercambiar ideas y conocer hábitos de gastos así como lo hacemos para otros temas. Deberíamos hablar con sinceridad acerca de nuestra situación financiera, ingresos, salidas de dinero y gastos habitúales, para evitar sorpresas desagradables, como deudas, tarjetas de crédito, etc.

Es recomendable calcular un presupuesto familiar, ayudará a planificar los gastos de familia logrando con ello un mejor uso del dinero y por supuesto, un mejor control.

Como esposas, no se debiera invadir la privacidad de las finanzas del esposo, pero  por la misma, el esposo tampoco debe invadir la privacidad financiera de la esposa.

El problema es que aun así muchas veces uno de los dos no ahorra, no planifica y más aun, a pesar de tener ingresos aceptables, delega en la esposa muchos de los gastos que deberían ser compartidos, o la esposa le deja todo el cargo de la manutención del hogar al esposo. Y si bien es cierto que ninguno de los dos tiene voto en el manejo del dinero del otro, los dos tienen voz para planificar, tomando en consideración que nos guste o no, el uno depende del otro y el otro depende de uno, en otras palabras: el mal manejo del dinero afecta a los dos, así como también compromete el futuro de los hijos.

Aunque el dinero no lo es todo, sí es necesario para vivir. Como pareja, se debe tratar de coordinar ideas y velar para que estas se lleven a cabo, porque si uno de los dos piensa que hay que trabajar para ganar, tener y ahorrar antes de gastar sin echar mano a las tarjetas de crédito, mientras la otra parte sí ve con buenos ojos tomar prestado, disfrutar de lo que se tiene, o por el contrario simplemente invertirlo en negocios de futuro sin gastarlo ahora, entonces obviamente los dos piensan de forma diferente.

Cuando los dos quisieran disponer del dinero de forma diferente, se crea una división, y aunque aparentemente se lleven muy bien, se amen, disfruten y gasten juntos, la parte económica los agobiará.

Nunca olvidemos que como pareja, los dos tienen las mismas obligaciones y derechos. Los dos tienen la obligación de cuidar el patrimonio de la familia, los dos tienen el derecho de enterarse y de participar en los planes para el futuro, los dos necesitan sentirse seguros en lo económico, especialmente para las generaciones futuras, basándonos en la filosofía de padres, “para que ellos tengan, lo que yo no tuve”.

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viernes, 18 de noviembre de 2011

El amor a través del tiempo y los sentidos

Podemos diferenciar básicamente dos tipos de estímulos desencadenantes o favorecedores del proceso de atracción sexual: los estímulos internos, provenientes del propio organismo del individuo, y los estímulos externos, procedentes del medio que le rodea y que el individuo capta a través de sus sentidos.

En el ser humano, a diferencia de los animales, los estímulos internos juegan un papel ínfimo en comparación con los externos. Pensemos que si la conducta sexual del hombre dependiera de sus variaciones hormonales, las mujeres únicamente mantendrían relaciones sexuales durante los días de la ovulación y los hombres sólo se sentirían atraídos por sus mujeres en esos días. Esto comporta que las vivencias sexuales del hombre pueden ser mucho más ricas en sensaciones que las de cualquier animal.

Nariz y sexo

El olor es uno de los más poderosos estímulos sexuales. Como factor de atracción y estimulación de la conducta sexual se halla extendido entre numerosas especies animales. Las sustancias sexuales odoríferas, denominadas feromonas (no tienen que ver con las hormonas), son segregadas por las hembras y captadas por los machos de la misma especie.

Numerosos estudios han establecido sus mecanismos de funcionamiento en especies no humanas; por ejemplo, se ha comprobado la decisiva capacidad de atracción de los olores genitales femeninos en ratones, vacas y monos.

Sabemos que la hembra humana segrega también sustancias similares a las feromonas y que estas sustancias experimentan variaciones cíclicas con el ciclo menstrual. Se discute, de todas maneras, hasta qué punto los machos humanos son capaces de detectarlas. Con la evolución, las estructuras olfativas del hombre han quedado materialmente enterradas en la parte más profunda del cerebro, bajo siglos de cultura, bajo años de aprendizaje, de educación y de evitación de «malos olores». Por este motivo, la atracción o el desagrado ante determinados olores del cuerpo admite amplísimas variaciones.

Mientras que muchos individuos encuentran eróticamente estimulantes los olores genitales, a otros les resultan ofensivos porque los asocian a la falta de higiene.

Gritos y susurros

La extensión e importancia del sentido del oído en el proceso de atracción sexual es tal, que pocas especies animales prescinden de él para estimular el apareamiento. Las salamanquesas emiten una llamada chirriante, los pájaros un trino arrullador pero insistente, el puerco espín un gruñido penetrante, los monos un chasquido de labios que precede y acompaña la actividad sexual. Cada especie posee sus propios sonidos sexuales.

En el hombre, la aparición del lenguaje supone un paso mucho más avanzado como medio de solicitud sexual y el uso de frases y canciones amorosas constituye uno de los preliminares más habituales.

Hay que constatar, de todos modos, la tremenda complejidad —y ambigüedad— que puede alcanzar el lenguaje en lo tocante a la demanda sexual. La ambigüedad verbal es debida al curioso hecho de que casi todas las sociedades humanas evitan las referencias verbales directas a la actividad sexual en las conversaciones que se suponen serias, pero en la intimidad, liberado el cerebro de la carga social, una frase erótica, susurrada al oído, puede resultar tan incitadora como un bramido de elefante en la inmensidad de la selva.

El tacto: la piel con la que amamos

La superficie sensible del cuerpo humano, con aproximadamente dos metros cuadrados de extensión, es, podríamos decir, el mayor órgano sexual del hombre. Acariciar el cuerpo o, particularmente, los genitales del otro es una forma muy extendida de comportamiento que constituye con frecuencia uno de los pasos previos a las relaciones sexuales. Las caricias, como otras conductas sexuales, no están limitadas a la especie humana, sino que son características de todos los primates y de algunos mamíferos inferiores. Estos últimos, aunque incapaces de las elaboradas caricias propias de los primates, desarrollan otras formas de estimulación corporal, generalmente a base de fricciones con la lengua o el hocico. En el hombre, la necesidad innata de contacto corporal viene moldeada por las enseñanzas sociales, que en general rechazan este contacto a menos que se busque un acercamiento sexual, porque incluso en las sociedades occidentales más permisivas hallamos el mito más o menos soterrado de que cualquier contacto físico debe conducir a la relación sexual.

Este tipo de creencias afectan más especialmente al hombre que a la mujer. Hay cierta tolerancia hacia el hecho de que la mujer solicite ser abrazada o besada (aunque a partir de aquí puede haber hombres que se irriten si ya no quiere «seguir adelante»), pero no nos imaginamos que un hombre haga esta clase de requerimientos para quedarse sólo en ellos. Esta idea está tan profundamente enraizada que muchos hombres rechazan iniciar cualquier contacto físico que no les conduzca al sexo. Es como empezar algo que no pueden terminar como es debido. Por ello encontramos hombres con problemas sexuales que no besan, abrazan ni acarician a su pareja. ¿Para qué?, piensan ellos. Este modelo de comportamiento impide que muchas parejas disfruten del placer que puede proporcionar el solo hecho de dar y recibir caricias, aparte de constituir un mecanismo de presión y exigencia sobre el hombre para que responda sexualmente.

Un paso fundamental en la terapia de las disfunciones sexuales lo constituye la llamada focalización sensorial, que consiste precisamente en enseñar a las parejas a romper este molde, practicando una sexualidad sin expectativas definidas y sin exigencias.

Así, el contacto físico adquiere un sentido en sí mismo y no en función de los resultados que se espera obtener. Es conveniente, por tanto, olvidarse de los genitales y lograr que toda la piel se convierta en un órgano de comunicación sexual.

Sabor a ti: el gusto y la atracción

 En los animales, el sentido del gusto es posiblemente el que más indirectamente interviene en la atracción sexual. En cualquier caso, las conductas alimentarias son usadas como medio de galanteo, no por la ingestión del alimento en sí, sino por el ritual que suponen como método de incitación a la cópula. Hallamos este comportamiento en diversas aves y en primates.

El hombre hace un uso parecido de la alimentación como medio de atracción erótica. La invitación a comer, el ritual de la comida, están totalmente incorporados al proceso de seducción en nuestra sociedad contemporánea. Durante la comida también se ponen en marcha sentidos como el olfato o la vista, y no olvidemos la apariencia decididamente erótica de algunos alimentos. Otro aspecto importante es el efecto estimulante que la comida puede ejercer por sí misma.

Dejando aparte el controvertido tema de los afrodisíacos, parece claro que la congestión del abdomen y la pelvis, junto con la sensación de ligero sopor que se produce tras una comida más o menos copiosa, pueden ser favorecedores de una actitud más proclive al encuentro sexual.

Destaquemos por último la relación entre el sentido del gusto y el erotismo oral. Es indiscutible que cuando besamos, lamemos o chupamos también sentimos, y esta sensación constituye, cuando el sabor y la situación resultan agradables, un elemento importante de atracción erótica.

El beso

Besarse es una demostración de cariño prácticamente universal. En algunos casos es simplemente un saludo algo impersonal; en otros, una expresión de respeto o más bien de amor y en muchas ocasiones es un acto erótico que expresa e incrementa el deseo.

¡Cuántas y hermosas variantes puede tener el beso!: suave e intenso, de larga duración, ligero y de corta duración, asociado a mordiscos y lametones. En cualquier caso es una de las formas más bellas y preciosas de comunicarse afectivamente, pudiendo ser un acto altamente satisfactorio y completo en sí mismo. Pero nunca debe interpretarse como el inicio de una secuencia ritual a la que seguirá, casi obligatoriamente, el acto sexual.

El beso puede tener infinitas variantes. Algunos se limitan a besar los labios de su pareja, Otros besan en todas las partes del cuerpo y reaccionan intensamente ante las diversas presiones y duraciones. Lo importante es abandonarse a sus dulzuras y al placer que proporciona tanto el darlo como el recibirlo.

Ver para sentir

La vista es, probablemente, la fuente de estimulación sexual más importante que existe tanto en el hombre como en numerosas especies animales.

Aunque sólo el hombre es capaz de formular pensamientos abstractos como belleza o fealdad, muchos animales demuestran preferencia hacia determinadas características físicas de sus parejas sexuales. En los humanos existen numerosos estímulos visuales, involucrados en la atracción sexual, que van mucho más allá de la mera visión de los genitales del sexo opuesto. La forma de moverse, una mirada, un gesto, incluso la forma de vestirse, son estímulos que, en cuanto que potencian la capacidad de imaginación del ser humano, pueden resultar más atractivos que la contemplación sin más de los genitales desnudos.

Un tema frecuentemente comentado es la mayor capacidad del hombre, respecto a la mujer, para ser sexualmente estimulado a través de los estímulos visuales. ¿A qué son debidas estas diferencias?

Aunque aún no hay datos concluyentes al respecto, algunas investigaciones apuntan la posibilidad de una organización nerviosa distinta para cada sexo, de modo que las mujeres tendrían una mayor capacidad verbal, por lo que serían más sensibles a los estímulos verbales complejos, y los hombres una mayor capacidad de percepción espacial, lo que comportaría una mayor capacidad de excitación mediante estímulos o fantasías directamente visuales. Hay que pensar, de todos modos, que mientras la educación y la presión social y ambiental que recibe cada sexo sean tan distintas, resulta dificultoso discriminar hasta qué punto estas diferencias son producto de una fisiología distinta o, por el contrario, del condicionamiento al que cada sexo está sometido desde el momento mismo del nacimiento.

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jueves, 17 de noviembre de 2011

La autorregulación de las emociones

La autorregulación emocional no sólo tiene que ver con la ca­pacidad de disminuir el estrés o sofocar los impulsos, sino que también implica la capacidad de provocarse deliberadamente una emoción, aunque ésta sea desagradable. Según me han dicho, al­gunos recaudadores de impuestos se motivan para llamar por teléfono induciéndose un estado anímico de enojo e irritabilidad; los médicos que están obligados a dar malas noticias a sus pa­cientes o a los familiares de éstos deben aparentar un estado de ánimo tan sombrío y serio como el de los empleados de la fune­raria que atiende a la afligida familia, mientras que en la industria de los servicios y de los grandes almacenes son proverbiales las recomendaciones para que los vendedores se muestren amables con los clientes.

Cierta escuela teórica argumenta que, cuando se obliga a los trabajadores a mostrar una determinada emoción, tienen que lle­var a cabo un costoso “esfuerzo emocional” para poder seguir manteniendo su puesto de trabajo. Cuando los dictados del jefe determinan las emociones que la persona debe expresar, el resul­tado es la enajenación de nuestros propios sentimientos. Los em­pleados de los grandes almacenes, las azafatas de vuelo y el per­sonal de los hoteles se hallan entre los trabajadores más proclives a padecer este control de su corazón que Arlie Hochschild -socióloga de la Universidad de California (Berkeley)- define como una «mercantilización de los sentimientos humanos» y equipara a una forma de esclavitud emocional.

Pero una observación más detenida nos revela que esta ima­gen no es más que la mitad de la historia porque, para poder de­terminar el coste de este esfuerzo emocional, debemos conocer antes el grado de identificación que mantiene la persona con su trabajo. Por ejemplo, la solícita dedicación de una enfermera al consuelo de un paciente atribulado no sólo no implica ninguna carga emocional sino que, muy al contrario, da sentido a su tra­bajo.

Pero cuando hablamos de autocontrol emocional no estamos abogando, en modo alguno, por la negación o represión de nues­tros verdaderos sentimientos. El “mal” humor, por ejemplo, también tiene su utilidad; el enojo, la melancolía y el miedo pue­den llegar a ser fuentes de creatividad, energía y comunicación; el enfado puede constituir una intensa fuente de motivación, es­pecialmente cuando surge de la necesidad de reparar una injus­ticia o un abuso; el hecho de compartir la tristeza puede hacer que las personas se sientan más unidas y la urgencia nacida de la ansiedad -siempre que no llegue a atribularnos- puede alentar la creatividad.

También hay que decir que el autocontrol emocional no es lo mismo que el exceso de control, es decir, la extinción de todo sentimiento espontáneo que, obviamente, tienen un coste f ísico y mental. La gente que sofoca sus sentimientos -especialmente cuando son muy negativos- eleva su ritmo cardíaco, un síntoma inequívoco de hipertensión. Y cuando esta represión emocional adquiere carácter crónico, puede llegar a bloquear el funciona­miento del pensamiento, alterar las funciones intelectuales y obs­taculizar la interacción equilibrada con nuestros semejantes.

Por el contrario, la competencia emocional implica q ue tenemos l a posibilidad de elegir cómo expresar nuestros sentimientos. Esta aguda sensibilidad emocional se vuelve particularmente im­portante en el marco de la economía global actual, puesto que las reglas básicas que rigen la expresión emocional varían de una cul­tura a otra y, de este modo, lo que resulta apropiado en un deter­minado entorno social puede ser completamente inadecuado en otro. Por ejemplo, los ejecutivos de las culturas emocionalmente más reservadas -como el norte de Europa-, suelen ser calificados de “fríos” y distantes por sus colegas latinoamericanos.

En los Estados Unidos, la falta de expresividad emocional suele ser considerada negativamente como una muestra de distanciamiento e indiferencia. Un estudio llevado a cabo con unos dos mil supervisores, directores y ejecutivos de empresas de nuestro país reveló la existencia de un poderoso vínculo entre la falta de espontaneidad y el bajo rendimiento laboral. Así, mien­tras los directivos “estrella” eran más espontáneos que sus cole­gas mediocres, los ejecutivos -en tanto que colectivo- eran mu­cho más comedidos en su expresión emocional que los jefes de niveles inferiores. Es como si los ejecutivos concedieran más importancia al impacto que pueda tener el hecho de expresar un sentimiento “inadecuado”.

El estilo comedido que impera en los niveles más elevados nos transmite la sensación de que el entorno laboral es un caso aparte en lo que concierne a las emociones, una “cultura” ajena al resto de la vida. En el entorno íntimo de los amigos o de la fami­lia, no sólo podemos sacar a relucir y lamentarnos de cualquier cosa que nos apesadumbre, sino que debemos hacerlo, pero las reglas emocionales del mundo laboral son muy diferentes.

La autorregulación -la capacidad de controlar nuestros im­pulsos y sentimientos conflictivos- depende del trabajo combinado de los centros emocionales y los centros ejecutivos situados en la región prefrontal. Ambas habilidades primordiales -el con­trol de los impulsos y la capacidad de hacer frente a los contra­tiempos- constituyen el núcleo esencial de cinco competencias emocionales fundamentales:

• Autocontrol: Gestionar adecuadamente nuestras emociones y nuestros impulsos conflictivos
• Confiabilidad: Ser honrado y sincero
• Integridad: Cumplir responsablemente con nuestras obligaciones
• Adaptabilidad: Afrontar los cambios y los nuevos desafíos con la adecuada flexibilidad
• Innovación: Permanecer abierto a nuevas ideas, perspectivas e información

Autocontrol
Mantener bajo control las emociones e impulsos conflictivos

Las personas dotadas de esta competencia
• Gobiernan adecuadamente sus sentimientos impulsivos y sus emociones conflictivas
• Permanecen equilibrados, positivos e imperturbables aun en los momentos más críticos
• Piensan con claridad y permanecen concentrados a pesar de las presiones

«Bill Gates está enojado. Sus ojos saltones resaltan tras sus grandes gafas, su rostro está enrojecido y, al hablar, la saliva sale despedida de su boca… Se halla en una pequeña pero abarrotada sala de conferencias del campus de Microsoft acompañado de veinte personas reunidas en torno a una mesa ovalada y que, en el caso de atreverse a mirarle, lo hacen con evidente temor. El miedo se palpa en el ambiente.»

Así comienza la crónica de una demostración del gran arte de manejar las emociones. Mientras Gates prosigue su airada pero­rata, los atribulados programadores titubean y tartamudean, tratando de convencerle o, por lo menos, de calmarle. Pero nada pa­rece surtir efecto, nadie parece hacer mella en él, excepto una pequeña mujer chinoamericana y de hablar dulce que parece ser la única persona que no está impresionada por la rabieta del jefe y que, a diferencia del resto de los presentes -que evitan todo con­tacto ocular-, mira directamente a Gates a los ojos.

La mujer interrumpe en un par de ocasiones la charla de Ga­tes para dirigirse a él en un tono muy tranquilo. La primera vez sus palabras parecen surtir un efecto calmante, pero inmediata­mente Gates reanuda su enojado discurso. La segunda ocasión, en cambio, Gates escucha en silencio, con la mirada clavada pensativamente en la mesa. Luego su enojo parece diluirse súbita­mente y le responde: «De acuerdo. Eso me parece bien. Sigue adelante». Y con ello da por terminada la reunión.

A pesar de que las palabras de esta mujer no diferían gran cosa de lo que habían dicho sus otros colegas, fue posiblemente su serenidad la que le permitió expresarse con más claridad, en lugar de hacerlo agitada por la ansiedad. Su comentario transmi­tía el mensaje de que la diatriba no había logrado intimidarla, de que podía escuchar sin descolocarse, de que, en realidad, no ha­bía motivo alguno para estar agitada.
En cierto modo, esta habilidad es invisible porque el autocon­trol se manifiesta como la ausencia de explosiones emocionales. Los signos que la caracterizan son, por ejemplo, no dejarse arras­trar por el estrés o ser capaz de relacionarse con una persona en­fadada sin enojarnos. Otra muestra cotidiana de esta capacidad nos la proporciona, por ejemplo, la forma en que distribuimos nuestro tiempo. Atenernos a un programa diario exige autocon­trol, aunque sólo sea para resistirnos a las demandas aparente­mente urgentes -aunque, en realidad, triviales- o a las distrac­ciones que sólo nos hacen perder el tiempo.

El acto fundamental de nuestra responsabilidad personal en el trabajo es el de asumir el control de nuestro propio estado mental. El estado de ánimo influye poderosamente sobre el pensamiento, la memoria y la percepción. Cuando nos enojamos, tendemos a recor­dar con más facilidad incidentes que alientan nuestra ira, nuestros pensamientos giran incesantemente en torno al objeto que suscitó el enfado y la irritabilidad sesga de tal modo nuestra visión del mundo que cualquier comentario que, en otras circunstancias, sería interpretado positivamente, se percibe como una muestra de hostili­dad. Así pues, el hecho de saber superar la tiranía de los estados de ánimo resulta esencial para llevar a cabo un trabajo productivo.

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